Este artículo se refiere al curso celebrado en noviembre de 2016 en el Centro Regional de Innovación y Formación Las Acacias, dirigido por Jaime Fernández de Bobadilla con la estrecha colaboración de Gabriel Fernández de Bobadilla. En el texto se utiliza ocasionalmente la primera persona del singular para referirse a la experiencia del curso bajo la perspectiva del primer autor y director del curso. El grupo ajedrez GANESOPIERDAS es un grupo abierto, fundado por la dirección del curso y los participantes, cuyos miembros comparten una forma de entender el ajedrez en la enseñanza, vinculada a una idea transversal como herramienta educativa y que transciende su dimensión técnica o competitiva, y que figuran en el grupo de autores. Los participantes de futuros cursos podrán incorporarse al grupo, con idea de convertirlo en una red de trabajo y proyectos integrados en esta visión del ajedrez educativo.

El ajedrez es mucho más que un juego. Es el rey de los juegos. Puede ser arte cuando muestra la belleza de la lógica o ciencia cuando nos adentramos en su estructura matemática. Es parte de la historia, la literatura y el cine. Y, en la medida que toca de cerca el conocimiento humano, tiene que ver con la filosofía. Ha sido y es un excelente banco de pruebas para la inteligencia artificial y para la investigación médica en neurociencias como la psicología o neurología. Como deporte alcanza una dimensión competitiva, pero hay quien opina que no es un deporte. Para nosotros, es sobre todo un juego.

El indudable éxito histórico del ajedrez como juego es multifactorial, pero después de estudiar de cerca todos sus aspectos, se podría decir que la razón principal de su éxito reside en su capacidad para reproducir a grandes rasgos la forma en que los humanos pensamos y tomamos decisiones en nuestro día a día. Por eso puede llegar a ser una herramienta tan eficaz en la educación. De hecho, el ajedrez como asignatura ya es una realidad en centros educativos de la Comunidad de Madrid. Plantear el debate sobre cómo utilizar su potencial en la escuela se ha convertido en una necesidad.

En el proyecto del curso escribimos, ahora pienso que quizá un poco a la ligera, “El potencial que encierra el ajedrez es tal que puede contribuir a facilitar la docencia en muchas disciplinas. No solo aquellas que de forma más obvia tienen relación con el juego como las matemáticas, la informática, la historia o la psicología, también con las ciencias sociales, el arte, la filosofía, ramas de la medicina como la neurología y, aunque parezca sorprendente, hasta con la educación física”. Bien, ¿pero cómo?

Me hicieron el encargo de organizar un curso de ajedrez para profesores de secundaria, que iba acompañado de dos instrucciones. Por una parte no debía ser un curso convencional sobre cómo jugar al ajedrez o cómo enseñar a los alumnos de secundaria a jugar; sino sobre cómo utilizarlo de forma transversal en las asignaturas de secundaria. Por otra, en el curso debían predominar los talleres, ser eminentemente práctico y tener un componente de trabajo no presencial de los profesores participantes.

Recibimos estas sugerencias como un reto, porque en ajedrez y educación hay mucho por inventar y no hay un modelo claro. También con alivio, porque convertir de forma directa un juego como el ajedrez en asignatura entraña el riesgo de que en poco tiempo deje de ser ambas cosas. Luego está el problema de quién va a enseñarlo y cómo. El objetivo en la escuela no puede ser formar campeones de ajedrez. Después de todo, parafraseando a Marañón, el que sólo sabe ajedrez, ni ajedrez sabe ¿Qué sentido tiene evaluar a los alumnos por los resultados de un juego competitivo? Dimos comienzo a este curso con unas cuantas respuestas para algunas preguntas difíciles.

¿Cómo enseñar a los profesores expertos a utilizar el ajedrez como herramienta educativa, cuando sólo ellos conocen bien cómo funciona una clase? Le dimos vueltas y al fin concluimos que la pregunta no tiene una respuesta buena. Quizá porque está mal formulada. No se trata de enseñar a los profesores a hacer su trabajo, que hacen todos los días y conocen mucho mejor que nosotros, sino de utilizar las ponencias para inspirar el debate y convertir el curso en una fábrica de ideas.

¿Cómo pretender que nuestros profesores utilicen el ajedrez como herramienta educativa, si algunos apenas saben mover las piezas? Concluimos que es muy difícil sacar partido al juego si no saben jugar. Así que, en paralelo a las charlas y el debate, era necesario enseñarles a jugar, en apenas 20 horas presenciales.

Con estas dos palancas, enseñar a jugar y mostrar los diferentes aspectos del ajedrez, como si fueran los pedales de una bicicleta, dio comienzo el curso. La idea era que hubiera una sinergia entre el interés por los aspectos técnicos del ajedrez y los contenidos educativos. Para convertir en algo concreto y viable el contenido de un debate que anticipábamos abstracto y complejo, los participantes irían eligiendo, diseñando y transformando sus proyectos con la participación de todos. Las horas no presenciales se dedicarían a dar consistencia al proyecto. Hasta aquí hemos contado las ideas que teníamos antes de ponernos en marcha.

El desarrollo fue vertiginoso. Tuvimos de verdad suerte al contar con participantes entusiastas porque al final, a lo largo de las cinco tardes del curso hubo un poco de casi todo. Hubo historia e historias, rigor y lógica y también algo de irracionalidad. Hubo literatura y poesía con Gemma Torres y con Federico Marín (que nos la trajo de la mano del cine con mucha pasión y profundidad). Tuvimos nuestros fantasmas particulares de la tecnología, debates apasionados, mucha matemática, psicología de la mano de María Rodrigo que nos hizo ser reyes y peones, inteligencia natural y artificial que no hizo falta tomarse con filosofía gracias a Francisco Ramos y a Gabriel Fernández de Bobadilla, inventor del Ajedrez Neoclásico. Hablamos de ciencias, creencias y de juego. Hubo un Gran Maestro de ajedrez, Amador Rodríguez, que con nuestros alumnos (que no querían ser trece) fueron catorce grandes maestros en total. Tuvimos regalos, bromas, vídeos, bombones, concursos y premios. Así que nuestro curso tuvo algo de transgresor y festivo. Yo anduve de acá para allá haciendo, entre otras cosas, un poco de vendedor ambulante de proyectos. Y, desde luego, tuvimos ajedrez como si fuéramos niños con José Ángel López de Turiso, que nos enseñó tan bien, que hasta los que ya sabíamos volvimos a aprender.

Así que, al final, aprendimos a montar en bicicleta con esos dos pedales. Resultó que era verdad que el ajedrez ayuda a los jóvenes a desarrollar la lógica y diversas habilidades cognitivas. Puede enseñar a gestionar el tiempo y a comprender su valor. A concentrarse profundamente en la resolución de un problema intelectual durante un tiempo mayor de lo habitual. Sirve de ayuda para desarrollar la creatividad y la visión espacial y a respetar a los otros y a ponerse en su lugar. Enseña a saber ganar y a saber perder, a aprender de los errores y a levantarse después de los fracasos. El ajedrez puede ayudar a los alumnos a sopesar alternativas y a tomar mejores decisiones, más equilibradas y con más criterio. A emplear el rigor para filtrar con criterio la avalancha de información en que estamos inmersos. A distinguir qué parte de toda esa información es cierta o, al menos, quiere serlo y qué parte es sólo ruido.

ajedrez Lewis

Piezas de ajedrez de Lewis en el museo del Edimburgo. Autor: Christian Bickel (licencia CC BY-SA)

No encontramos ninguna fórmula mágica (o quizá sí) pero al final del curso, tuvimos (tenemos) nuestros proyectos que surgieron ahí. Cada participante el suyo que inventó mucho mejor, seguro, que cualquier cosa que le hubiéramos dado prefabricada. Nos los contaron el último día. José Luis Bautista ganó con su ajedrez y el dibujo geométrico y quedaron segundos Francisco Ramos (que habló tan bien de la “post-verdad” que cuando ponga en marcha su proyecto volveremos a clase de secundaria) y Gemma Torres con su ajedrez literario inspirado en Alicia a través del espejo. Román Almendros impresionó con el ajedrez y los grandes matemáticos y con un vídeo homenaje en el que salgo un poco pálido. Juan Francisco Díaz, transformó con garra y estilo la edad media en una partida de ajedrez. Rafaela Arévalo y Margarita Jiménez nos dieron una lección de cómo convertir en divertido algo tan aburrido como la programación aunque luego decidieron combinar con las matemáticas que es más lo suyo. María Jesús Puchol y África Quiroga entusiasmaron con su “club de ajedrez”, un proyecto dinámico, sólido y elaborado, cuyo objetivo es integrar el ajedrez en la educación física para mostrar que el rendimiento físico e intelectual están unidos, que nuestra mente rinde mejor cuando estamos en forma y viceversa. Rafael Gómez y Juan Carlos Arroyo tienen un proyecto brillante y prometedor para ayudar a los alumnos a familiarizarse sin explotar con la formulación a través del ajedrez. Para ser un poco más concreto, transcribiré aquí literalmente un fragmento de la introducción (apertura) del bonito trabajo de Ángel Manuel Benavente (ajedrez y lenguaje cinematográfico): “Esa estética del contraste entre la complejidad del combate intelectual y el sencillo espacio en el que se desarrolla, puede ser un buen terreno para sembrar los elementos básicos del lenguaje cinematográfico (…) dando prueba de que el lenguaje visual puede condicionar las emociones”. Y por último, María José Martínez (un torrente de color) nos contó o pintó con la voz sus ideas, “composición libre en la que se recrea un final de partida”.

Terminado el curso, no ha terminado. Ahora tenemos el grupo de ajedrez GANESOPIERDAS y se están desarrollando los proyectos. Ha sido divertido. Para ser sincero, creo que ahora tenemos muchas más preguntas que antes, seguramente porque hemos aprendido cosas interesantes. Si tuviera que quedarme sólo con una idea que he aprendido, sería que, en este mundo que cambia tan deprisa, con una avalancha de información sin precedentes que bombardea a nuestros jóvenes, el ajedrez nos puede ayudar a enseñarles a cubrir la necesidad imperiosa de filtrar, estructurar y evaluar esa información y a reencontrar lo que nos hace genuinamente humanos. Es decir, a aprender a escuchar la música en medio del ruido

Por cierto, olvidamos hablar del ajedrez y la música. En el próximo curso también habrá música.

Jaime Fernández de Bobadilla y Gabriel Fernández de Bobadilla
en representación del grupo de ajedrez “GANESOPIERDAS”
Neoclassical Chess & Centro Regional de Innovación y Formación


GANESOPIERDAS (Grupo Ajedrez Nuevo en la Escuela Secundaria: Otro Paso Innovador para Encarar los Retos del Desarrollo del Alumno del Siglo XXI):

Jaime Fernández de Bobadilla, Gabriel Fernández de Bobadilla, José María Carreras Menaut, José Cuerva, Román G. Almendros, Rafaela Arévalo, Juan C. Arroyo, José L. Bautista, Angel M. Benavente, Juan F. Díaz, Rafael Gómez, Margarita Jiménez, María J Martínez, María J Puchol, África Quiroga, Francisco Ramos y Gemma Torres.

Imagen de cabecera: Edificio ajedrezado de Frank Gehry en Dusseldorf, autor Markus Jastroch (Licencia CC BY-SA)

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